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lunes, 27 de agosto de 2018

La verdadera purificación (Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23)


22º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
1 Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, 2 y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. 3 Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; 4 y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. 5 Y le preguntaban los fariseos y los escribas:
—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?
6 Él les respondió:
—Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está muy lejos de mí.
7 Inútilmente me dan culto,
mientras enseñan doctrinas
que son preceptos humanos.
8 Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.
14 Y después de llamar de nuevo a la muchedumbre, les decía:
—Escuchadme todos y entendedlo bien: 15 nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre. 21 Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, 22 los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. 23 Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre.
Los escribas venidos de Jerusalén hacen a Jesús responsable de una acción que realizan sus discípulos: omitir los ritos de purificación (v. 5). San Marcos, contando con los lectores no judíos de su evangelio, se detiene en explicar la pregunta insidiosa de los fariseos (vv. 3-5). La Antigua Ley (cfr Ex 30,17ss.) prescribía unos determinados ritos que significaban la pureza moral con la que había que acercarse a Dios; la tradición judía los había ampliado a otros ámbitos —como las comidas— para dar significación religiosa a todas las acciones. De esta forma la pureza exterior era muestra de la pureza interior. Sin embargo, en tiempos de Cristo, en algunos lugares —probablemente entre los escribas de Jerusalén aquí mencionados— el legalismo de las normas rituales establecidas por tradición humana, mediante sentencias de los rabinos, había ahogado el verdadero sentido del culto a Dios. Jesús denuncia esa actitud sirviéndose de un texto de Isaías (Is 29,13) y proponiendo un ejemplo en el que la tradición humana había acabado por ser una excusa para no sujetarse a un mandato divino (vv. 8-13).
En un segundo momento, el Señor expone a la muchedumbre la doctrina sobre la verdadera pureza. Lo hace mediante una comparación entre el alimento y la decisión humana libre: ­«Algunos piensan que los malos pensamientos se deben al diablo y que no tienen su origen en la propia voluntad. Es verdad que el diablo puede ser colaborador e instigador de los malos pensamientos, pero no es su autor» (S. Beda, In Marci Evangelium 2,7,20-21). Cfr nota a Mt 15,1-20.
Sus discípulos le preguntan después sobre el sentido de aquella «parábola» (v. 17). El contenido esencial de la enseñanza viene dado en un tercer momento (v. 19): Cristo, intérprete auténtico de la Ley y Señor de ella, declaró «puros» todos los alimentos. La doctrina es profunda: el origen del pecado y de la mancha moral no hay que buscarlo en lo crea­do, pues Dios, tras crear todas las cosas, vio que eran buenas (cfr Gn 1,31), sino en el corazón del hombre que, después del pecado original, fue «mudado en peor» y se ve sometido a los asaltos de la concupiscencia. Con esto no se enseña que el hombre no puede vencer (Gn 4,7), pero sí que necesita luchar (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1707).

lunes, 8 de enero de 2018

Vuestros cuerpos son miembros de Cristo (1 Co 6,13c-15a.17-20)


2º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
13c El cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. 14 Y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su poder. 15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? 17 El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. 18 Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. 19 ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? 20 Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.
El cristiano, cuerpo y alma, es miembro de Cristo (v. 15). Esta afirmación impresionante y novedosa es clave en la enseñanza paulina y en la doctrina cristiana: el cristiano ha sido incorporado a Cristo por el Bautismo y está destinado a permanecer estrechamente unido a Él, a vivir su misma vida (cfr Gal 2,20), a ser «un solo espíritu con él» (v. 17). Ha sido hecho, en definitiva, miembro de su Cuerpo (cfr 12,27; Rm 12,5).
El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo. El consejo de Pablo es claro: hay que huir de la fornicación (v. 18), porque «no se vence resistiendo, porque cuanto más lo piensa uno, más se enciende; se vence huyendo, es decir, evitando totalmente los pensamientos inmundos, y todas las ocasiones» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Corinthios, ad loc.).
En esta lucha por vivir la castidad el cristiano cuenta con medios abundantes: «El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducirnos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla» (S. Juan B. María Vianney, Sermón en el decimoseptimo domingo después de Pentecostés).
San Pablo termina (v. 20) resaltando la importancia de la nueva condición del bautizado: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho participe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. (S. León Magno, Sermo 1 de Nativitate). En esta dignidad se fundamenta la plenitud de la castidad, tanto en las legítimas relaciones conyugales como en la virginidad.