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miércoles, 27 de febrero de 2019

Dios nos da la victoria sobre la muerte por medio de Jesucristo (1 Co 15,54-58)


8º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. 55 ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? 56 El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la ley. 57 Pero demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. 58 Por tanto, amados hermanos míos, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que en el Señor vuestro trabajo no es vano.
Poco antes, San Pablo ha afirmado que «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (v. 51). Con lenguaje apocalíptico (sonido de la trompeta, uso de la primera persona del plural) transmite el Apóstol «un misterio» que a primera vista puede resultar difícil de compaginar con la universalidad de la muerte. Pero aquí no trata de la muerte ni del momento concreto de la Parusía, sino de la resurrección. Afirma que todos — vivos y difuntos, dice hiperbólicamente — experimentarán la transfiguración de su cuerpo mortal en un cuerpo glorioso (cfr 1 Ts 4,13 - 18). La imagen de la nueva vestidura (vv. 53-54) indica gráficamente el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.

martes, 19 de febrero de 2019

El hombre terreno y el hombre celestial (1 Co 15,45-49)


7º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
Así está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho ser vivo; el último Adán, espíritu que da vida. 46 Pero no es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual. 47 El primer hombre, sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre es del cielo. 48 Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celestial, así son los celestiales. 49 Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial.
Para exponer cómo tendrá lugar la resurrección de los muertos, el Apóstol utiliza comparaciones tomadas del reino vegetal, animal y mineral, para que pueda entenderse mejor (vv. 36-41). «Este “cómo ocurrirá la resurrección” sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucarístía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (S. Ireneo, Adver. haer . 4,18)» ( Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1000). Sobre las cualidades del cuerpo ya resucitado (vv. 44-50) habla el Apóstol carecerán de necesidades, dado que también Cristo, ya resucitado, si comió fue porque quiso, no porque lo necesitara. Allí no habrá hambre (…), no desearemos la lluvia pensando en el pan, ni nos asustaremos ante la sequía. Tampoco habrá temor, ni fatiga, ni dolor, ni corrupción, ni carestía, ni debilidad, ni cansancio, ni pereza. Ninguna de estas cosas existirá, pero sí el cuerpo» (S. Agustín, Sermones 242A,3). San Pablo lo llama cuerpo espiritual (v. 44) «no porque se convierta en espíritu, sino porque está sujeto de tal manera al espíritu, que para que convenga a la habitación celestial, toda fragilidad e imperfección terrena es cambiada y convertida en estabilidad celeste» (Id., De fide et symbolo 6).

lunes, 11 de febrero de 2019

Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe (1 Co 15,12.16-20)


6º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
12 Pero si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? 16 Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; 17 pero si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados. 18 E incluso los que han muerto en Cristo perecieron. 19 Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. 20 Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren.
Con su resurrección Cristo completa la obra de la Redención. Si muriendo en la cruz había vencido al pecado, era necesario que resucitase, venciendo así a la muerte, consecuencia del pecado (cfr Rm 5,12). «La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 651). Hay en estos versículos argumentos indirectos de la resurrección del Señor, señalando la situación absurda en que se encontrarían los cristianos si Jesucristo no hubiera resucitado: serían vanas la fe (vv. 14.17.18) y la esperanza (v. 19), los Apóstoles serían falsos testigos e inútil su predicación (vv. 14-15), todavía faltaría la redención de los pecados (v. 17). En resumen, los cristianos serían «los más miserables de todos los hombres» (v. 19).

martes, 5 de febrero de 2019

Cristo resucitó al tercer día, según las Escrituras (1 Co 15,1-11)

5º domingo del Tiempo ordinario – C. 2ª lectura
1 Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que recibisteis, en el que os mantenéis firmes, 2 y por el cual sois salvados, si lo guardáis tal como os lo anuncié. ¡Y si no, habéis creído en vano! 3 Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4 que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5 y que se apareció a Cefas, y después a los doce. 6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. 7 Luego se apareció a Santiago, y después a todos los apóstoles. 8 Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció también a mí. 9 Porque soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios. 10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó inútil; al contrario, he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. 11 Por consiguiente, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos y esto lo que habéis creído.
Pablo recuerda el Evangelio predicado desde el primer momento por los Apóstoles, en el que se confiesa que Jesús murió, fue sepultado y resucitó al tercer día (vv. 1-4). Las apariciones (vv. 5-8) son la prueba más contundente de la realidad de la resurrección y, a la vez, constituyen la legitimación de los Apóstoles, también de Pablo, puesto que todos ellos son «testigos de la resurrección de Jesús» (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 659). Este texto de la carta tiene especial relieve por tratarse del relato escrito más antiguo —anterior a la redacción de los evangelios— de la resurrección del Señor, cuando han transcurrido poco más de veinte años desde que ocurrió el acontecimiento: «El apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco» (Ca­tecismo de la Iglesia Católica, n. 639). La garantía de que Cristo ha resucitado la tiene el cristiano en el testimonio de las Sagrada Escritura y de los Apóstoles a los que se apareció vivo y glorioso.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Los que duermen en el polvo de la tierra despertarán (Dn 12,1-3)

33º domingo del Tiempo ordinario – B. 1ª lectura
1 En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está al frente de los hijos de tu pueblo; será tiempo de angustia, como no lo ha habido desde que existe nación alguna hasta aquel tiempo. Y en aquel tiempo será salvado tu pueblo: todos los que se encuentran inscritos en el libro. 2 Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza, para ignominia eterna. 3 Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.
La profecía concluye anunciando la salvación del pueblo de Dios por mediación de Miguel, el ángel protector de Israel. La imagen de los inscritos en el libro expresa quiénes son verdaderamente el pueblo de Dios: aquellos que Él considera tales debido a su fidelidad. No se habla ahora de un reino eterno en la tierra como en 2,44 y 7,14, pero se supone, ya que los que han muerto resucitarán, o bien para participar de él o bien para sufrir el castigo merecido. La nueva situación de unos y otros tendrá carácter definitivo, para la eternidad. La mayor gloria será para quienes hayan conocido y enseñado la Ley, para los maestros, y no tanto para los mártires. El ­libro de Daniel va más allá que los profetas Isaías y Ezequiel que hablaban simbólicamente del resurgir del pueblo en términos de una resurrección (cfr Is 26,19; Ez 37). En Daniel, como en 2 M 7,14.29, la resurrección se entiende en sentido real: «La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquel que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 992).
Por otro lado Daniel proclama la resurrección no sólo de los mártires, como sucede en 2 Macabeos, sino de todos, pues tal es el sentido del término «muchos». También la Iglesia a la luz de las palabras de Jesús cree que resucitarán «todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,29; cfr Dn 12,2)» (ibidem, n. 998).

lunes, 25 de junio de 2018

Resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,21-43)


13º domingo del Tiempo ordinario – B. Evangelio
21 Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar.
22 Viene uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies 23 y le suplica con insistencia diciendo:
—Mi hija está en las últimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva.
24 Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba.
25 Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto 28 —porque decía: «Con que toque su ropa, me curaré»—. 29 Y de repente se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. 30 Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:
—¿Quién me ha tocado la ropa?
31 Y le decían sus discípulos:
—Ves que la muchedumbre te apretuja y dices: «¿Quién me ha tocado?».
32 Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. 33 La mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. 34 Él entonces le dijo:
—Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia.
35 Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo:
—Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?
36 Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga:
—No temas, tan sólo ten fe.
37 Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38 Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. 39 Y al entrar, les dice:
—¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme.
40 Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dice:
—Talitha qum —que significa: «Niña, a ti te digo, levántate».
42 Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro. 43 Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.
En la descripción de estos dos milagros Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Pero, al mismo tiempo, cada una de las cosas que relata está orientada a sub­rayar algunas enseñanzas a sus lectores: el alcance y el valor de la fe en Jesús, y nuestro encuentro personal con Él.
La hemorroísa padecía una enfermedad por la que incurría en impureza legal (cfr Lv 15,25ss.). El evangelista señala con rasgos vivos su situación desesperada y su audacia para tocar las vestiduras de Jesús. Realizada ya la curación, Jesús provoca el diálogo por el que hace patente a todos que la causa de la curación no hay que buscarla en una especie de sortilegio, sino en la fe de la hemorroísa y en el poder que emana de Él: «Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “tocó” sino que creyó?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 26,3).
La historia de Jairo muestra también la fe del jefe de la sinagoga que, alentado por Jesús, vence las dificultades que van surgiendo. Su hija está a punto de morir y por eso pasa por encima de su posición social y ruega a Jesús que vaya a curarla (vv. 22-23). Después de esto, por dos veces (vv. 36.40), ante la noticia de la muerte y las burlas, Jesús conforta su fe con palabras o con gestos. Finalmente, la fe de Jairo se ve recompensada con la resurrección de su hija. «Quien sabe dar buenos dones a sus hijos nos obliga a pedir, buscar y llamar. (...) Esto puede causar extrañeza si no entendemos que Dios nuestro Señor (...) pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar» (S. Agustín, Epistolae 130,16-17).
La resurrección de la niña, aunque es un hecho público, se realiza sólo en presencia de los padres y de los tres discípulos más allegados a Cristo. Aún así, les «insistió mucho» (v. 43) en que no divulgaran el milagro. Con esta actitud que ya se ha mostrado en otros lugares, parece que Jesús quería evitar interpretaciones equivocadas de su condición de Mesías-Salvador: la obra total de Cristo no comprende sólo sus milagros, sino también su muerte en la cruz y su resurrección.

lunes, 4 de junio de 2018

Creemos, y por eso hablamos (2 Co 4,13—5,1)


10º domingo del Tiempo ordinario – B. 2ª lectura
13 Pero teniendo el mismo espíritu de fe —según lo que está escrito: Creí, por eso hablé—, también nosotros creemos, y por eso hablamos, 14 sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. 15 Porque todo es para vuestro bien, a fin de que la gracia, multiplicada a través de muchos, haga abundar la acción de gracias para la gloria de Dios. 16 Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. 17 Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente, 18 ya que nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas.
5,1 Porque sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos un edificio que es de Dios, una casa no hecha por mano de hombre, sino eterna, en los cielos.
La esperanza de la resurrección y del Cielo (4,14) es estímulo para la fortaleza del Apóstol. Mientras el hombre exterior —el cuerpo corruptible— va consumiéndose por las tribulaciones y sufrimientos, el hombre interior —la vida del alma— crece y se renueva de día en día hasta alcanzar su plenitud en el Cielo. Es algo que se observa de manera evidente en la biografía de los santos: en medio de sufrimientos y enfermedades, y a la vez que su vida en la tierra se va consumiendo, la juventud de su alma y la alegría aumentan. «¿Y de que manera? Por la fe, por la esperanza, por la caridad ardiente. Por tanto hemos de ver los peligros con mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, más esplendor y brillo sacará de allí, como el oro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 9).
La mención de la tienda del desierto (5,1) resalta la caducidad de nuestro cuerpo frente a «las arras del Espíritu» (5,5) que garantizan y anticipan la vida definitiva, como la de Cristo resucitado: «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. (...) Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 16,1,2).