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martes, 27 de marzo de 2018

Los amó hasta el fin (Jn 13,1-15)

Jueves Santo. Cena del Señor – Evangelio
1 La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, 3 como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, 4 se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. 5 Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura.
6 Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:
—Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies?
7 —Lo que yo hago no lo entiendes ahora —respondió Jesús—. Lo comprenderás después.
8 Le dijo Pedro:
—No me lavarás los pies jamás.
—Si no te lavo, no tendrás parte conmigo —le respondió Jesús.
9 Simón Pedro le replicó:
—Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
10 Jesús le dijo:
—El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos 11 —como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
12 Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo:
—¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. 14 Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.
El capítulo comienza señalando la importancia del momento. La Pascua, que conmemoraba la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo de la opresión del Faraón, era figura de la obra que Jesucristo venía a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. La Pascua, explica San Beda, «en sentido místico significa que el Señor habría de pasar de este mundo al Padre, y que siguiendo su ejemplo, los fieles, desechados los deseos temporales y la servidumbre de los vicios por el continuo ejercicio de las virtudes, deben pasar a la patria celeste prometida» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).
Jesús sabía cuanto iba a ocurrir y que su muerte y resurrección eran inminentes (cfr 18,4); por eso, sus palabras adquieren un tono especial de confidencia y amor hacia aquellos que dejaba en el mundo: «El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte» (Pablo VI, Homilía Jueves Santo, 27-III-1975).
Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en la frase «los amó hasta el fin» (v. 1). Indica la intensidad del amor de Cristo que llega hasta dar su vida. Es más, ese amor no termina con su muerte porque Él vive, y desde su resurrección gloriosa nos sigue amando infinitamente. «El “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (...). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 616).
En el lavatorio de los pies, el Señor se humilla realizando una tarea propia de los esclavos de la casa. El pasaje recuerda el himno de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús... siendo de condición divina... se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo...» (Flp 2,6-7). Lavar los pies a sus discípulos tenía un profundo significado que San Pedro no podía entender entonces. Jesús, mediante aquel gesto, expresaba de modo sencillo y simbólico que no había «venido a ser servido, sino a servir», y que su servicio consistía en «dar su vida en redención de muchos» (Mc 10,45). Así da a entender a los Apóstoles, y en ellos a todos los que después formarían la Iglesia, que el servicio humilde a los demás hace al discípulo semejante al Maestro. «Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez, el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 21).

lunes, 3 de abril de 2017

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (Mt 26,14 – 27,66)

Domingo de Ramos – A. Evangelio
27,33 Llegaron al lugar llamado Gólgota, es decir, «lugar de la Calavera». 34 Y le dieron a beber vino mezclado con hiel; y lo probó pero no quiso beber. 35 Después de crucificarlo, se repartieron sus ropas echando suertes. 36 Y allí, sentados, le custodiaban. 37 Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: «Éste es Jesús, el Rey de los Judíos». 38 Luego fueron crucificados con él dos ladrones: uno a la derecha y otro a la izquierda.
27,50 Jesús, dando de nuevo una fuerte voz, entregó el espíritu.

51 Y en esto el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo y la tierra tembló y las piedras se partieron; 52 se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron.

Los sucesos de la pasión de Nuestro Señor quedaron muy grabados en la memoria de sus discípulos: así se percibe en los discursos de los Apóstoles según el libro de los Hechos y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. San Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó sobre sí nuestros pecados. Los designios de Dios se cumplen en la muerte de Jesús, pero también en su resurrección. Con ella y con el mandato apostólico se inicia una nueva etapa: Jesús resucitado permanece en la Iglesia, las puertas del Cielo se han abierto y hemos de anunciar este mensaje de salvación a todos los hombres.
La pasión de Cristo es el momento de su vida más minuciosamente narrado por los cuatro evangelistas. No es de extrañar porque constituye el punto culminante de su existencia humana y de la obra de la Redención, en cuanto que es el sacrificio expiatorio que Él mismo ofrece a Dios Padre por nuestros pecados. A su vez, los sufrimientos tan tremendos de Nuestro Señor ponen de relieve, de la manera más expresiva, su amor a todos y cada uno de nosotros: «En la pasión de Cristo encontramos remedio para todos los males en los que incurrimos por nuestros pecados. Pero no es menor su utilidad como ejemplo, pues la pasión de Cristo es suficiente para dar forma perfecta a la vida cristiana. Quien desee alcanzar la perfección no tiene sino despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Él apeteció. En la cruz se dan ejemplos de todas las virtudes. Si buscas un ejemplo de amor: nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si Él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él. (...) Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: Él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir. Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a Aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: si por la desobediencia de uno —es decir, de Adán— todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos» (Sto. Tomás de Aquino, Expositio in Credum 4,919).
26,14-25. La Pascua (v. 17) era la fiesta nacional israelita por excelencia. Se celebraba en memoria de la liberación de la esclavitud en Egipto (cfr Ex 12). Los ritos prescritos por Moisés consistían en la inmolación de un cordero sin defecto al que no se debía romper ningún hueso, y que debía comerse por entero, y en una comida de acción de gracias. En tiempos del Señor el sacrificio se realizaba en el Templo de Jerusalén, mientras la comida tenía lugar en las casas donde se reunía toda la familia. Los Ácimos son los panes sin levadura que debían comerse durante siete días, en recuerdo del pan sin fermentar que los israelitas tuvieron que tomar al salir apresuradamente de Egipto (cfr Ex 12,34). En aquel tiempo la cena pascual se celebraba el primer día de los Ácimos.
Marcos y Lucas se detienen, más que Mateo, en la descripción pormenorizada de las acciones preparatorias de la cena pascual. Mateo recuerda que Jesús sabía (v. 25) que Judas le había traicionado, pero eso no le detiene en su misión: «Mi tiempo está cerca» dice al dueño de la casa (v. 18). «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 607).
26,26-29. Los gestos y palabras de Jesús en la Última Cena tuvieron especial densidad de significado. También en el relato de la institución de la Eucaristía, los evangelistas se fijaron en algún aspecto más que en otros (cfr Mc 14,22-25 y Lc 22,7-20). San Mateo es el único en recordar las palabras de Jesús sobre el carácter de expiación por los pecados que tendrá su muerte (v. 28). Las palabras del Señor vienen a dar plenitud al designio salvador de Dios. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la ­esclavitud del pecado (...). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601).
En esta breve escena se contienen las verdades fundamentales de la fe en el sublime misterio de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47).
En primer lugar, estamos ante la institución del Sacramento y la presencia real de Jesucristo. Al pronunciar las palabras: «Esto es mi Cuerpo..., ésta es mi Sangre...», lo que no era más que pan ácimo y vino de vid, pasa a ser —por las palabras y la voluntad de Jesucristo— su Cuerpo y su Sangre. Sus palabras no admiten interpretaciones de carácter simbólico ni explicaciones que oscurezcan la misteriosa verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: sólo cabe ante ellas la respuesta humilde de la fe que siempre mantuvo la Iglesia Católica: «La perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos y el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento y las mismas palabras de Cristo al instituir la Santísima Eucaristía, nos exigen profesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado. A estas palabras de San Ignacio de Antioquía, nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: Porque el Señor no dijo: esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto es un símbolo de mi sangre, sino: esto es mi cuerpo y mi sangre» (Pablo VI, Mysterium fidei, n. 5). La doctrina cristiana confiesa también que este sacramento no sólo tiene virtud de santificar sino que contiene al propio Autor de la Santidad; fue instituido por Jesús para que fuera alimento espiritual del alma. Por él se nos perdonan los pecados veniales y se nos dan fuerzas para no caer en los mortales: nos une con Dios de tal manera que es una prenda de la gloria futura.
Además, al instituir la Eucaristía, el Señor mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos (cfr Lc 22,19; 1 Co 11,24-25, y notas) dando a los Apóstoles el poder de realizarlo. Así pues, según este pasaje, completado por los relatos de San Pablo y San Lucas en los lugares citados, Cristo instituyó también el sacerdocio, concediendo a los Apóstoles el poder de consagrar, que éstos transmitieron a sus sucesores.
Finalmente, en la Última Cena, Cristo adelantó, de modo incruento, su próxima pasión y muerte. Cada Misa que se celebra desde entonces renueva el Sa­crificio del Salvador en la Cruz, pues la Santa Misa «no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima propiciatoria» (Pío XII, Mediator Dei).
La expresión «que es derramada por muchos...» (v. 28) equivale a «que es derramada por todos». Se cumple así la profecía de Is 53,11-12.
26,30-35. En la celebración de la Pascua se recitaban los Salmos 113-118. A esto se alude con las palabras: «Después de recitar el himno» (v. 30). Luego, antes de la gran prueba, Jesús previene a sus discípulos, y en especial a Pedro: se escandalizarán (v. 31). Ellos han confesado que Jesús es el Mesías (16,13-20), pero no han sabido entender que su mesianismo es el del Siervo sufriente (16,21-23). Ahora los hechos les van a forzar a hacerlo. Aun así, se resisten a aceptarlo. Pedro, generoso, asegura que nunca negará a Jesús (vv. 33-35); pero débil, lo hará: «De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 82,4).
26,36-46. Los tres sinópticos contrastan la dramática oración de Jesús con la impotencia de sus discípulos para acompañarle. Marcos (cfr Mc 14,32-42 y nota) lo hace con rasgos más acentuados. Mateo prefiere recordar que mediante la oración Jesucristo se identifica con la voluntad de Dios, la abraza. En efecto, el comienzo (v. 39) señala lo costoso de la aceptación del trance: «Si es posible, aleja...»; avanzada la oración, su plegaria es un rendido abandono en la voluntad del Padre: «Si no es posible..., hágase tu voluntad» (vv. 42 y 44). «Toda la pretensión de quien comienza oración —y no se os olvide esto, que importa mucho— ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 2,8).
El relato conserva la emoción de la tradición que está en su base. Ésta debía de constituir un recuerdo vivo en la comunidad cristiana primitiva, pues, por ejemplo, también Hb 5,7 alude a este sobrecogedor acontecimiento: «La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática. Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús. (...) Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo” (Últimos Coloquios. Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897)» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, nn. 26-27).
26,47-56. La escena, rica en contrastes, manifiesta la grandeza del Señor. Judas, con un beso, signo de amistad y veneración, le traiciona (v. 49); en cambio, para Jesús, Judas es el amigo que no conoce siquiera su verdadera función en el drama (v. 50). Jesús es apresado a escondidas (v. 55), por un gran gentío armado (v. 47), aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes (v. 53). Los discípulos estaban aprestados para la ocasión (cfr 26,35) y uno de ellos —Pedro, según recuerda Jn 18,10— desenvaina la espada (v. 51). Pero Jesús no ofrece resistencia, se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras (vv. 54.56) es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida (cfr 26,42): «Porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre» (S. Juan Damasceno, Declaratio et expositio fidei 1).
26,57-75. Los cuatro evangelios relatan el episodio, aunque con variaciones, sobre todo entre los sinópticos y Juan. Los príncipes del pueblo, más tarde, acusarán a Jesús de alborotador y el título de la condena será haberse proclamado «Rey de los Judíos». Los evangelios sinópticos coinciden en señalar que la acusación contra Jesús se refería a sus palabras sobre el Templo (v. 61): «Las palabras destruid este Templo y yo lo reconstruiré en tres días (Jn 2,19) parecen estar en relación con aquellas otras, referidas por Mateo y Marcos, y que los falsos testigos pronuncian al final del evangelio contra nuestro Señor Jesucristo. Él hablaba del Templo de su cuerpo; éstos por el contrario, aplican sus palabras al Templo hecho de piedras» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 10,37,251-252).
En el episodio contrastan las actitudes de Jesús y de Pedro. San Mateo presenta un relato ordenado de las afrentas que sufre Jesús. Primero es acusado falsamente (v. 59) y después se le incrimina con una frase sacada de contexto (v. 61). Frente a estas acusaciones el Señor callaba (v. 63). Su confesión mesiánica le vale la inculpación de blasfemo (v. 65), la condena a muerte (v. 66) y las burlas de los criados (vv. 67-68). En esa progresión el perjurio de Pedro (vv. 72.74) lo entiende el lector como una última afrenta. Pero, al final, Pedro llora (v. 75). Como en otras ocasiones, Pedro no se sostiene por su fortaleza, sino por su contrición: «El santo David hizo penitencia de sus mortíferos crímenes y se mantuvo en su jerarquía. El bienaventurado Pedro, cuando derramó lágrimas amargas, se arrepintió de haber negado al Señor y siguió siendo apóstol» (S. Agustín, Epistolae 185,10,45).
Sin embargo, como en tantas ocasiones, el evangelio es paradójico. La imagen que utiliza Jesús (v. 64) evoca el Juicio Final (cfr 24,30; 25,31); el que ahora es juzgado, será quien juzgará después.
27,3-10. No sabemos qué intenciones movieron a Judas para entregar a Jesús; lo cierto es que ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado. Pero le faltó la esperanza del perdón y se mató (cfr Hch 1,16-20): «Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia —porque el Señor es fiel a sus promesas— y a su misericordia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2091).
La reacción de los príncipes de los sacerdotes no es menos deplorable. Se preocupan de cumplir con precisión un mandato de la Ley, no echar al tesoro del Templo el dinero proveniente de una acción inconfesable, siendo ellos mismos los incitadores de esa acción. Al comentar el pasaje, San Jerónimo (Commentarii in Matthaeum 27,6) hace notar que se hacían dignos de la acusación del Señor de colar un mosquito y tragarse un camello (cfr 23,24). El evangelista ve en la compra del Campo del Alfarero una prueba más de que Jesús es el Siervo de Dios sufriente en quien se cumplen las profecías de las Escrituras.
27,11-26. Mateo subraya el rechazo del Mesías por parte de Israel. La narración incluye varias escenas que destacan la dignidad de Jesús y la condena injusta.
Llevan «a Jesús ante el procurador» (v. 11). Judea se encontraba entonces bajo la autoridad de un procurador o prefecto. Aunque éste dependía del legado romano de Siria, tenía el ius gladii o potestad para condenar a muerte a un reo. Comienzan las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y la invitación de Pilato a defenderse. Pero Jesús calla (vv. 12.14); como había anunciado Isaías (Is 53,7) a propósito del Siervo doliente, «fue maltratado y él se dejó humillar, no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca». Y comenta San Efrén el gesto elocuente del silencio: «Él hablaba para enseñar, pero guardó silencio ante el tribunal. (...) Las palabras de sus calumniadores eran como una corona redentora sobre su cabeza. Su silencio era tal que, callando, todos aquellos clamores hacían más hermosa la corona» (Commentarii in Diatessaron 20,16).
A continuación viene una doble exculpación de Jesús: el intento de Pilato de liberarle (v. 18) y la intercesión de la mujer de Pilato que tiene a Jesús por «justo» (v. 19). El gobernador, desde su perspectiva de hombre político, intuye que todo aquel asunto es ajeno a su competencia. Jesús es inocente (v. 18), pero los judíos están soliviantados. Y busca, cobarde, el camino de las negociaciones y de las concesiones con la praxis del indulto de gracia pascual. No da resultado; las incitaciones de los príncipes de los ­sacerdotes (v. 20) son seguidas por la multitud que pide la cruci­fixión de Jesús: «Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” —Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” —Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?... —¡Crucifige eum! —¡Crucifícalo!”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 296).
Se llega así a la escena central. Pilato se lava las manos, un gesto de claro significado (v. 24; cfr Dt 21,6-8). De esa manera imputa al pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús. La respuesta del pueblo (v. 25) ha de entenderse en sentido teológico, es decir, como rechazo al Mesías, por lo cual Dios da su viña a otro pueblo que produzca frutos dignos (cfr 21,43): «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. (...) No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4).
Finalmente Jesús es flagelado y entregado (v. 26). La flagelación que sufre Jesús es la romana, llamada verberatio. Se aplicaba sólo a esclavos y soldados rebeldes. Se practicaba con el flagrum, flagelo, azote. Era tan dura que a veces causaba la muerte.
27,27-31. La cohorte romana se componía de unos 625 soldados, acuartelados en la Torre Antonia, junto al Templo. Estaba formada con mercenarios de otras regiones. Esto explica las burlas y la farsa del saludo: «Salve, Rey de los Judíos», al mismo tiempo que da un sentido al pasaje: al rechazo de los judíos, le sigue el de los gentiles. Por eso, entendemos también aquí el valor redentor universal de los sufrimientos de Cristo: «Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada» (Homilía antigua, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del Sábado Santo).
27,32-56. Los cuatro evangelios narran con mucho detalle la crucifixión y muerte del Señor. Mateo comienza con el episodio de Simón de Cirene (v. 32), aunque no anota, como Marcos, que era padre de Alejandro y de Rufo. El Gólgota o Calvario (v. 33) se encontraba por la parte de fuera de la segunda muralla de Jerusalén. Había servido de cantera, de ahí la forma aproximada de un cráneo humano.
El expolio (v. 35) es narrado por los cuatro evangelistas. El condenado a cruz perdía todos los derechos ciudadanos, era reducido a la condición de esclavo. Por eso, los verdugos podían apropiarse de todo lo que portara. Este despojo, pues, no era de suyo relevante. Sin embargo, la primitiva tradición cristiana lo conserva porque ve en él el cumplimiento de la profecía del Sal 22,19, citada en el pasaje evangélico. El título sobre la cruz (v. 37), mencionado también por los cuatro evangelios, no era un capricho del prefecto, sino un uso jurídico romano en los actos de ejecución de una sentencia capital.
Las burlas de los presentes (vv. 39-44) y las palabras de Jesús poco antes de morir (v. 46) corresponden al Sal 22,2. Con sus palabras el Señor manifiesta el sufrimiento físico y moral que padece en esos momentos. De ningún modo son una queja contra los planes de Dios. «Porque el sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce; y ansí no se lo quita la razón, la cual da a cada cosa lo que demanda su naturaleza; y la parte sensible muestra que de suyo es tierna y blandísima; siendo herida, necesario es que sienta, y al sentir, se sigue el ¡ay!» (Fray Luis de León, Exposición del libro de Job 3). En la agonía del Huerto (cfr nota a 26,36-46) Jesucristo había experimentado como un anticipo del dolor y abandono de este momento. Dentro del misterio de Jesucristo Dios-Hombre, hay que contemplar cómo su Humanidad —alma y cuerpo— sufre sin la atenuación que podría darle su divinidad.
Probablemente las palabras del Señor en la cruz —«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (v. 46)— hicieron comprender más tarde a sus discípulos que en su crucifixión y muerte se cumplían plenamente las Escrituras (cfr nota a Mc 15,21-41). Por eso el texto está repleto de alusiones a pasajes del Antiguo Testamento (Sal 22; 69; etc.), en los que se anunciaba que el sufrimiento de un hombre justo conducía a la alabanza del nombre de Dios por parte de todas las gentes: «La muerte del Salvador fue riguroso holocausto que Él mismo ofrendó al Padre para nuestra redención; aunque los dolores y padecimientos de su pasión fueron tan graves y fuertes que cualquier otro mortal hubiera sucumbido a ellos, a Jesús no le hubieran dado muerte de no haberlo Él consentido, y si el fuego de su infinito amor no hubiera consumido su vida. Él fue, pues, santificador de sí mismo; se ofreció al Padre y se inmoló en el amor» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 10,17).
El desgarramiento del velo del Templo (v. 51) significa que todos los hombres tienen abierto el camino hacia Dios Padre (cfr Hb 9,1-10;10,20) y que ha comenzado la vigencia de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo.
Los demás hechos portentosos de ­carácter cósmico que acompañan a la muerte de Jesús (vv. 45.51-53) son señales que se entienden como respuesta de Dios a las acciones de los hombres. No moría un hombre más, sino el Hijo de Dios en su Humanidad. Estos acontecimientos evocan oráculos del Antiguo Testamento (Am 8,9; Is 2,10; Ez 32,7; Dn 12,2) en los que se anunciaba el día del Señor con la resurrección y la retribución final. Los vv. 52-53 son difíciles de explicar. Los grandes escritores eclesiás­ticos han propuesto tres posibles interpretaciones: 1) se trataría, más que de ­resurrecciones en sentido estricto, de apariciones de estos difuntos; 2) serían muertos que resucitaron a la manera de Lázaro para volver a morir; 3) habrían resucitado con resurrección gloriosa como anticipo de la resurrección universal. San Jerónimo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino (cfr Summa theologiae 3,53,3) prefieren la segunda interpretación: piensan que esas resurrecciones se refieren a muertos que volvieron a morir. Dentro de la dificultad para interpretar su sentido, lo que enseña el pasaje es que, con su muerte, Jesús vence a la misma muerte. Esto es lo que confiesa la Iglesia cuando profesa el descenso de Cristo a los infiernos: «La Escritura llama infiernos, sheol o hades, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (...). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633). Cfr nota a 1 P 3,18-22.
La presencia de las santas mujeres junto a Cristo en la cruz (vv. 55-56) es ejemplo de reciedumbre para todos los cristianos. «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé!— Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 982).
La meditación de la pasión del Señor ha hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Pocas cosas hay más provechosas para un cristiano que contemplar despacio, con piedad y con asombro, los acontecimientos salvadores de la muerte del Hijo de Dios hecho hombre. Los santos se han preguntado cómo pudo vivir Jesús esos momentos. Santa Catalina de Siena recoge esta locución de Dios Padre a propósito de cómo pueden convivir dolor y alegría, sufrimiento y gozo: «El alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente» (Diálogo de la Divina Providencia 78).
27,57-66. La legislación judía prescribía que el cuerpo de los ejecutados y colgados fuera enterrado antes de terminar el día, porque un colgado es una maldición de Dios y su cadáver mancha la tierra (Dt 21,22-23). En el caso de Jesús se añadía la coincidencia de que se había ejecutado en la víspera del sábado. Además es posible que ese sábado fuera la Pascua según el calendario saduceo. Todo ello explica la prisa de las autoridades judías en la petición a Pilato. «Parasceve», palabra griega, significa «preparación» (cfr Lc 23,54). Se denominaba así el día en que se preparaba lo necesario para el sábado, jornada en la que no se podía trabajar por estar consagrada a Dios. El término también se podía referir al día anterior a una gran fiesta de carácter sabático, como por ejemplo la Pascua (cfr Jn 19,14).
«En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15,3), sino también que “gustase de la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624). San Mateo, con unas indicaciones —el sepulcro nuevo y la gran piedra (v. 60), el sello y la guardia (v. 66)— señala la verdadera muerte de Cristo y lo infundado de una calumnia que se divulgó en aquel tiempo (cfr 28,15).

Obediente hasta la muerte (Flp 2,6-11)

Domingo de Ramos – A. 2ª lectura
6 [Cristo Jesús], siendo de condición divina,
no consideró como presa codiciable
el ser igual a Dios,
7 sino que se anonadó a sí mismo
tomando la forma de siervo,
hecho semejante a los hombres;
y, mostrándose igual que los demás hombres,
8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente
hasta la muerte,
y muerte de cruz.
9 Y por eso Dios lo exaltó
y le otorgó el nombre
que está sobre todo nombre;
10 para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
11 y toda lengua confiese:
«¡Jesucristo es el Señor!»,
para gloria de Dios Padre.
Éste es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento sobre la divinidad de Jesucristo. Quizá es un himno utilizado por los primeros cristianos que San Pablo retoma. En él se canta la humillación y la exalta­ción de Cristo. El Apóstol, teniendo presente la divini­dad de Cristo, centra su atención en la muerte de cruz como ejemplo supremo de humildad y obediencia. «¿Qué hay de más humilde —se pregunta San Gregorio de Nisa— en el Rey de los seres que el entrar en comunión con nuestra pobre naturaleza? El Rey de Reyes y Señor de Señores se reviste de la forma de nuestra esclavitud; el Juez del universo se hace tributario de príncipes terrenos; el Señor de la creación nace en una cueva; quien abarca el mundo entero no encuentra lugar en la posada (...); el puro e incorrupto se reviste de la suciedad de la naturaleza humana, y pasando a través de todas nuestras necesidades, llega hasta la experiencia de la muerte» (De beatitudinibus 1).
Se evoca el contraste entre Jesucristo y Adán, que siendo hombre ambicionó ser como Dios (cfr Gn 3,5). Por el contrario, Jesucristo, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo» (v. 7). «Al afirmar que se anonadó no indicamos otra cosa sino que tomó la condición de siervo, no que perdiera la divina. Permaneció inmutable la naturaleza en la que, existiendo en condición divina, es igual al Padre, y asumió la nuestra mudable, en la cual nació de la Virgen» (S. Agustín, Contra Faustum 3,6).
La obediencia de Cristo hasta la cruz (v. 8) repara la desobediencia del primer hombre. «El Hijo unigénito de Dios, Palabra y Sabiduría del Padre, que estaba junto a Dios en la gloria que había antes de la existencia del mundo, se humilló y, tomando la forma de esclavo, se hizo obediente hasta la muerte, con el fin de enseñar la obediencia a quienes sólo con ella podían alcanzar la salvación» (Orígenes, De principiis 3,5,6).
Dios Padre, al resucitar a Jesús y sentarlo a su derecha, concedió a su Humanidad el poder manifestar la gloria de la divinidad que le corresponde —«el nombre que está sobre todo nombre», es decir, el nombre de Dios—. Sin embargo, «esta expresión “le exaltó” no pretende significar que haya sido exaltada la naturaleza del Verbo (...). Términos como “humillado” y “exaltado” se refieren únicamente a la dimensión humana. Efectivamente, sólo lo que es humilde es susceptible de ser ensalzado» (S. Atanasio, Contra Arianos 1,41).
Todas las criaturas quedaron sometidas a su poder, y los hombres deberán confesar la verdad fundamental de la doctrina cristiana: «Jesucristo es el Señor». La palabra griega Kyrios empleada por San Pablo en esta fórmula es utilizada por la antigua versión griega llamada de los Setenta para traducir del hebreo el nombre de Dios. De ahí que esa fórmula sea una proclamación de que Jesucristo es Dios.

El sufrimiento del Salvador (Is 50,4-7)

Domingo de Ramos – A. 1ª lectura
4 El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo
para saber alentar al abatido con palabra que incita.
Por la mañana, cada mañana, incita mi oído
a escuchar como los discípulos.
5 El Señor Dios me ha abierto el oído,
yo no me he rebelado, no me he echado atrás.
6 He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban,
y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba.
No he ocultado mi rostro
a las afrentas y salivazos.
7 El Señor Dios me sostiene,
por eso no me siento avergonzado,
por eso he endurecido mi rostro como el pedernal
y sé que no quedaré avergonzado.
Después de que el segundo canto del siervo haya glosado la misión del siervo (cfr Is 49,6), ahora el tercero reclama la atención para la propia persona del siervo. El poema está bien construido en tres estrofas que comienzan del mismo modo: «El Señor Dios» (vv. 4.5.7), y con una conclusión (v. 9), que también contiene la misma fórmula. La primera estrofa (v. 4) subraya la docilidad del siervo a la palabra del Señor; es decir, no es presentado como un maestro autodidacta y original sino como un discípulo obediente. La segunda (vv. 5-6) señala los sufrimientos que esa docilidad le ha acarreado y que el siervo ha aceptado sin rechistar. La tercera (vv. 7-8) destaca la fortaleza del siervo: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos. La conclusión (v. 9) tiene carácter procesal: en el desenlace definitivo sólo el siervo permanecerá, mientras que sus adversarios se desvanecen.
Los evangelistas vieron cumplidas en Jesucristo las palabras de este canto, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del siervo. En concreto, el Evangelio de Juan pone en boca de Nicodemo el reconocimiento de la sabiduría de Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2b). Pero, sobre todo, la descripción de los sufrimientos que ha afrontado el siervo resuena en el corazón de los primeros cristianos al meditar la Pasión de Jesús y recordar que «comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas» (Mt 26,67), y que más adelante los soldados romanos «le escupían, y le quitaban la caña y le golpeaban en la cabeza» (Mt 27,30; cfr también Mc 15,19; Jn 19,3). San Pablo hace alusión al v. 9, al aplicar a Cristo Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma: ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? (cfr Rm 8,33).
San Jerónimo, subrayando la doci­lidad del discípulo, ve cumplidas en Cristo estas palabras: «Esa disciplina y estudio le abrieron sus oídos para transmitirnos la ciencia del Padre. Él no le contradijo sino que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas, a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas» (Commentarii in Isaiam 50,4).

Entrada triunfal en Jerusalén (Mt 21,1-11)

Domingo de Ramos. Procesión – A
1 Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, 2 diciéndoles:
—Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. 3 Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.
4 Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta:
5 Decid a la hija de Sión:
«Mira, tu Rey viene hacia ti
con mansedumbre, sentado sobre un asna,
sobre un borrico, hijo de animal de carga».
6 Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. 7 Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. 8 Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. 9 Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:
—¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!
10 Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban:
—¿Quién es éste?
11 —Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea —decía la multitud.
La entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa expresa su manifestación como Rey Mesías. Mateo ve en la presencia del asna atada con su borrico (v. 2) el cumplimiento de la profecía de Zacarías (v. 5). El asno, antigua montura de los príncipes (cfr Gn 22, 3; 49,11; Ex 4,20; Nm 22,21; Jc 5,10), fue sustituido en tiempos de la monarquía israelita por el caballo, manifestación de poder (cfr 1 R 5,6; 10,26-30; etc.). Por eso el vaticinio de Zacarías, con el asno, quería significar un rey de paz que triunfa no con armas ni violencia, sino con humildad y mansedumbre (cfr Za 9,9-10 y nota). Los Santos Padres han visto en este episodio un simbolismo: el asna madre representaría al judaísmo, sometido al yugo de la Ley, mientras que el borriquillo sería la gentilidad. Jesús introduce a unos y otros en la Iglesia, la nueva Jerusalén.
Como a los personajes importantes de hoy se les extiende una alfombra a la entrada de un edificio, los discípulos y la multitud alfombran la entrada de Jesús en su ciudad (vv. 7-8). Y le aclaman como el Salvador: la palabra hebrea Hosanna (v. 9) tuvo en un principio ese sentido, una súplica dirigida a Dios: «Sálvanos». Luego, fue empleada como grito de júbilo para aclamar a alguien, similar a «¡Viva!». La muchedumbre manifiesta su entusiasmo gritando: «¡Viva el Hijo de David!». Se entiende así que la Iglesia haya recogido estas aclamaciones en el prefacio de la Santa Misa, pues con ellas se pregona la realeza de Cristo: «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia, cuanto porque Él es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en Él la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres, porque con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús» (Pío XI, Quas primas, n. 4).