32 Os
quiero libres de preocupaciones. El que no está casado se preocupa de las cosas
del Señor, de cómo agradar al Señor; 33 el casado se preocupa de las
cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, 34 y está dividido. La
mujer no casada y la virgen se preocupan de las cosas del Señor, para ser
santas en el cuerpo y en el espíritu; la casada, sin embargo, se preocupa de
las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. 35 Os digo esto
sólo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino en atención a lo que
es más noble y al trato con el Señor, sin otras distracciones.
La excelencia de la virginidad —tanto de mujeres como de hombres— se
fundamenta en el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una
exclusividad que no se da en la persona casada. «La respuesta a la vocación
divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime
(Jn 15,13; 3,16) (...). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias
del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne,
estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado
celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia “como señal y estímulo de la caridad” (Lumen gentium, n. 42); señal de un amor
sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, n. 24).

