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martes, 19 de junio de 2018

Nacimiento de Juan (Lc 1,57-66.80)


Solemnidad de San Juan Bautista – B. Evangelio
57 Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. 58 Y sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella. 59 El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. 60 Pero su madre dijo:
—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.
61 Y le dijeron:
—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre.
62 Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. 63 Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. 64 En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. 65 Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; 66 y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:
—¿Qué va a ser, entonces, este niño?
Porque la mano del Señor estaba con él.
80 Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.
El evangelio relata en dos pasajes seguidos (1,57-2,21) el nacimiento y la circuncisión de Juan Bautista y de Jesús. Resulta conveniente leerlos en contraste: mientras Juan nace en su casa, en un clima de alegría y admiración (vv. 58.63.64.66), Jesús nacerá fuera de su casa, con un pesebre por cuna y reconocido sólo por sus padres y por unos pastores (2,1-20).
En el caso de Juan Bautista, el evangelio se centra más en la circuncisión, ya que ahí se manifiesta la intervención de Dios. Cuando Zacarías (v. 63) cumple lo que le había mandado el ángel (1,13) comienza a hablar: «Con razón su lengua se desató, porque, atada por la incredulidad, fue desatada por la fe» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
La intervención de Dios en los acontecimientos suscita la pregunta de las gentes acerca de la misión que Dios ha destinado a Juan. Zacarías, conocedor de la misión de su hijo como precursor del Mesías de Dios (1,14-17), entona un canto de alabanza a Dios —el Benedictus—, en el que reconoce la acción salvadora de Dios con Israel (vv. 68-75), que culmina en la venida del mismo Señor (vv. 76-79). Estas dos atribuciones de Dios —Señor (v. 76) y Salvador (cfr vv. 69.71.77)— son las mismas que el ángel asignará a Jesús en su anuncio a los pastores (2,11). El pasaje habla, pues, de Juan, y habla de Jesucristo: «Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. (...) Es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. (...) Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. (...) Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro» (S. Agustín, Sermones 293,2-3).

lunes, 3 de julio de 2017

Regocíjate, hija de Sión (Za 9,9-10)

14º domingo del Tiempo ordinario – A . 1ª lectura
9 Regocíjate, hija de Sión,
grita de júbilo, hija de Jerusalén,
mira, tu rey viene hacia ti,
es justo y salvador,
montado sobre un asno,
sobre un borrico, cría de asna.
10 Destrozará los carros de Efraím,
los caballos de Jerusalén;
serán rotos los arcos de guerra,
anunciará la paz a las naciones
y su dominio se extenderá de mar a mar
y desde el Río hasta los confines de la tierra.
El profeta habla ahora directamente a Jerusalén («hija de Sión») y a sus habitantes («hija de Jerusalén») como representantes de todo el pueblo elegido. La invitación a regocijarse y cantar de júbilo es frecuente en el Antiguo Testamento para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos (cfr Is 12,6; 54,1; So 3,14); aquí porque llega a Jerusalén su rey. Aunque no se dice expre­samente, se entiende que es el descendiente de David, haciéndose eco de 2 S 7,12-16; Is 7,14. Este rey se distingue por lo que es y por lo que hace. El término «justo» (sadiq) indica que cumple perfectamente la voluntad de Dios, y el término «victorioso» que goza de la protección y salvación divinas. Los Setenta y la Vulgata entendieron sin embargo que él era el salvador. Es además «humilde», es decir, que no se exalta a sí mismo ni ante Dios ni ante los hombres. Su carácter ­pacífico se manifiesta en que no monta a caballo con manifestación de poder, como los reyes de tiempos del autor sagrado, sino en un borrico, como los antiguos príncipes (cfr Gn 49,11; Jc 5,10; 10,4; 12,14). Hará desaparecer las armas de guerra en Samaría y Judea (cfr Is 2,4.7; Mi 5,9), que serán un solo pueblo; además establecerá la paz en las naciones (v. 10). Los rasgos de este rey son semejantes a los del «siervo del Señor» del que hablaba Isaías (cfr Is 53,11) y a los del pueblo humilde aceptado por Dios (cfr So 2,3; 3,12).
Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David (cfr Mt 21,1-5; Jn 12,14). «El “Rey de la Gloria” (Sal 24,7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9,9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cfr Jn 18,37)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 559).
En sentido alegórico, Clemente de Alejandría entiende la referencia al joven pollino del v. 9 como una alusión a los hombres no sujetos al mal: «No era suficiente decir sólo “pollino”, sino que ha añadido “joven”, para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Nuestro divino domador nos cría como a jóvenes potros que somos nosotros, los pequeños» (Paedagogus 1,15,1).

lunes, 13 de junio de 2016

Mirarán al que traspasaron (Za 12,10-11; 13,1)

12º domingo del Tiempo ordinario – C. 1ª lectura
10 Sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de plegaria para que fijen en Mí la mirada. Al que traspasaron, por él harán duelo con el llanto por el hijo único; se afligirán amargamente por él con el dolor por el primogénito. 11 Aquel día será grande el duelo en Jerusalén, como el duelo de Hadad-Rimón en la vega de Meguido. 13,1 Aquel día habrá una fuente dispuesta para la casa de Judá y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.

El tiempo escatológico vendrá marcado por un profundo arrepentimiento y penitencia en Jerusa­lén suscitados por el espíritu de Dios. La causa es el haber dado muerte a un hombre muy querido  para el pueblo. El texto es oscuro en este punto pues también podría entenderse que aquel a quien traspasaron es Dios (v. 10); sin embargo, inmediatamente después se dice que el que ha muerto es un hombre por el que el pueblo hará duelo. La misteriosa muerte de ese personaje tiene efectos parecidos a los de la del Siervo del Señor en Is 52,13-53,12, puesto que a partir de ella Judá y Jerusalén encontrarán la expiación del pecado y abandonarán completamente la idolatría (cfr 13,1-2). Es posible que sea una alusión a la muerte de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica mencionado en el Antiguo Testamento, tras la que habría llegado la paz. O quizá el autor sagrado está hablando de algún rey como Josías que siendo bueno y piadoso murió de forma violenta a manos de los enemigos (cfr 2 R 23,29). En cualquier caso esa persona tan llorada era figura de Jesucristo clavado en la cruz al que se vuelve la mirada del hombre pecador como leemos en Jn 19,37. «Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cfr Jn 19,37; Za 12,10)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1432).