33 Estad
atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. 34 Es como
un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones
a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. 35
Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa,
si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; 36
no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. 37 Lo
que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!
Estos versículos resumen cuál debe ser la actitud de los discípulos
del Señor (v. 37): estar en vela, vigilantes (vv. 33.35.37). Todas estas
palabras vienen en el Evangelio a dar razón de lo que Jesús acababa de
responder de modo provocativo cuando le preguntan por cuándo sucederá: «Nadie
sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el
Padre» (v. 32). La frase ha sido una de las crux
interpretum de los estudiosos de los evangelios. En el contexto de las
palabras de Jesús (vv. 30-33), tiene más lógica que aislada. Los escritos
apocalípticos presentaban nuevas revelaciones sobre los acontecimientos de la
generación presente y el eón o mundo futuro (v. 30). En esa línea argumental,
Jesús les dice que no den fe a nuevas revelaciones (v. 32), sólo sus palabras
tienen valor perenne (v. 31), y sus palabras son únicamente una: velad (v. 33).
En estas condiciones, las palabras de Jesús pueden interpretarse, como hicieron
algunos Padres, no como desconocimiento de Cristo acerca de ese momento, sino
como conveniencia de no manifestarlo (cfr nota a Mt 24,36-51), y pueden
interpretarse también como desconocimiento de Jesús en cuanto hombre: «Cuando
los discípulos le preguntaron sobre el fin, ciertamente, conforme al cuerpo
carnal, les respondió: Ni siquiera el
Hijo, para dar a entender que, como hombre, tampoco lo sabía. Es propio del
ser humano el ignorarlo. Pero en cuanto que Él era el Verbo, y Él mismo era el
que había de venir, como juez y como esposo, por eso conoció cuándo y a qué
hora había de venir. (...) Pero como se hizo hombre, tuvo hambre y sed y
padeció como los hombres y del mismo modo que los hombres, en cuanto hombre no
conocía, pero en cuanto Dios, en cuanto era el Verbo y la Sabiduría del Padre, no
desconocía nada» (S. Atanasio, Contra
Arianos 3,46).
En resumen, lo seguro es que el Señor vendrá. La Iglesia nos estimula a
avivar esta actitud de vigilia en la liturgia del Adviento.
