3 Bendito sea el Dios y Padre
de nuestro
Señor Jesucristo,
que nos ha
bendecido en Cristo
con toda
bendición espiritual en los cielos,
4 ya que en él nos eligió
antes de la
creación del mundo
para que
fuéramos santos y sin mancha
en su
presencia, por el amor;
5 nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por
Jesucristo
conforme al
beneplácito de su voluntad,
6 para alabanza y gloria de su gracia,
con la cual
nos hizo gratos en el Amado.
En él, 11
por quien también fuimos constituidos herederos, predestinados según el
designio de quien realiza todo con arreglo al consejo de su voluntad, 12 para
que nosotros, los que antes habíamos esperado en el Mesías, sirvamos para
alabanza de su gloria.
Son
palabras de un himno de alabanza (vv. 3-10) donde se enumeran los beneficios, o
bendiciones, que contiene el designio salvífico de Dios, llamado «el misterio»
en esta y otras cartas del corpus
paulinum. Abarca desde la elección eterna de cada criatura humana por parte
de Dios hasta la recapitulación de todas las cosas en Jesucristo, pasando por
la obra de la Redención.
A continuación se expone cómo ese plan divino de salvación se
ha realizado sobre los judíos (vv. 11-12) y sobre los gentiles (vv. 13-14).
«Nos
eligió» (v.4). El término griego es el mismo que aparece en la versión de los
Setenta para designar la elección de Israel. «En él», en Cristo, la elección
para formar parte del pueblo de Dios se hace universal: todos somos llamados a
la santidad (cfr notas a Mt 5,17-48 y Lc 12,22-34). Y del mismo modo que en el
Antiguo Testamento la víctima que se ofrecía a Dios debía ser perfecta, sin
tara alguna (cfr Ex 12,5; Lv 9,3), la santidad a la que Dios nos ha destinado,
ha de ser inmaculada, plena. San Jerónimo, distinguiendo entre «santos» y «sin
mancha», comenta: «No siempre “santo” equivale a “inmaculado”. Los párvulos,
por ejemplo, son inmaculados porque no hicieron pecado alguno con ninguna parte
de su cuerpo, y sin embargo, no son santos, porque la santidad se adquiere con
la voluntad y el esfuerzo. Y también puede decirse “inmaculado” el que no
cometió pecado; “santo”, en cambio, es el que está lleno de virtudes» (Commentarii in Ephesios 1,1,4).
«Por
el amor» se refiere al amor de Dios por nosotros, pero también a nuestro amor
por Él, razón última de nuestro esfuerzo por llevar una vida sin mancha, porque
«la virtud no hubiera salvado a ninguno, si no hay amor» (S. Juan Crisóstomo, In Ephesios 1,1,5,14).
La
santidad para la que hemos sido elegidos se hace posible a través de Cristo
(cfr 1,5): «Piensa en lo que dice el Espíritu Santo, y llénate de pasmo y de
agradecimiento: elegit nos ante mundi
constitutionem —nos ha elegido, antes de crear el mundo, ut essemus sancti in conspectu eius!
—para que seamos santos en su presencia. —Ser santo no es fácil, pero tampoco
es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. —El que más se
parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo» (S. Josemaría
Escrivá, Forja, n. 10).
El
pueblo de Israel es tratado por Dios con afecto paterno, como un hijo: «Cuando
Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). En
Jesucristo, todos los hombres han sido elegidos para incorporarse al Pueblo de
Dios y «ser sus hijos adoptivos», ya no en sentido metafórico sino real: el Hijo
único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los
hombres hijos de Dios por adopción (cfr Rm 8,15.29; 9,4; Ga 4,5). La gloria de
Dios se ha manifestado a través de su amor misericordioso, por el que nos ha
hecho sus hijos, según el proyecto eterno de su voluntad. Tal proyecto «dimana
del “amor fontal” o caridad de Dios Padre (...), que creándonos libremente por
un acto de su abundante y misericordiosa benignidad, y llamándonos,
gratuitamente, a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con
liberalidad, y no cesa de difundir, la bondad divina, de suerte que el que es
Creador de todas las cosas, ha venido a hacerse todo en todas las cosas (1 Co
15,28), procurando a su vez su gloria y nuestra felicidad» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 2).
